DE CUANDO ELVIS ENTRÓ EN MI CASA

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[Img #49346]“Ten – dijo mi prima, entregándome una foto- aquí te traigo a Elvis”

Era una postal coloreada en tecnicolor, como antes se estilaba, desde la que un chico moreno y
guapo, agitanado, sonreía con dientes perfectos. Yo no lo había visto nunca. No teníamos
televisión. Era Elvis Presley, el ídolo del momento, el buen americano que cantaba ritmos
pegadizos de rock and roll y movía las caderas acompasadamente. Sus películas gustaban.
Mucho.

Mi prima era (y es) seis años mayor que yo. Cuando empezó a estudiar, mi madre se la trajo a
casa para que no estuviera en un internado. Nos llevábamos bien. Primas y amigas compartíamos
todo, incluso los sueños adolescentes. La diferencia de edad me estimulaba, siempre pensé que
las chicas mayores eran más interesantes.

Ella adoraba a mi madre. La confianza en ella no disminuyó con los años, incluso en los tiempos
en los que lógicamente, por ley de vida, los caminos se separaron. Cuando enviudó, allá que nos
fuimos todos. Al morir mi madre la lloró con nosotros, en esas noches terribles que van después
del fallecimiento de un ser querido.

Pero a lo qué iba. Al volver la vista atrás reconozco que mi primer ídolo lo impulsó mi prima. Con
su entusiasmo. Muchas veces, después, contemplando al hombre obeso y deteriorado en el que
Elvis Presley llegó a transformarse, me viene a la memoria esa imagen de mi infancia, cuando lo
descubrí con toda su lozanía y juventud. Y en lo que me impactó (aunque no he sido muy
mitificadora de hombres y obras). Rompía con los esquemas españoles de la época, era joven y
bien parecido. Significaba una renovación de lo cotidiano, una forma distinta de cantar. Nada qué
ver con mi entorno, mis amigos y mis aficiones. Tan atrayente, pues.

Esto va así. En uno de mis libros de Historia del Bachillerato, en letra pequeña a pie de página, se
contaba el profundo trauma que al parecer sufrió el IV Duque de Gandía, quien luego fuera
Francisco de Borja, III General de la Compañía de Jesús, al ver descompuesto el rostro de una de
las mujeres más hermosas de su tiempo, Isabel de Portugal, esposa de Carlos V, muerta con 36
años, “…pero juro también no más servir a señor que se me pueda morir” – dicen que dijo. Desde
luego. No parece que ello sea lo más usual. Ni siquiera hoy.

¿Necesitan los humanos, cada cual a su ídolo, para creer? Supongo que si. La vieja idea
mesiánica que supone la salvación particular de cada uno, desde fuera de él, a través de seres
excepcionales, sigue vigente y lo inunda todo. La vieja y la nueva política, de seguir el argot al
uso, lo mantiene. Nada más hay que ver cómo defienden, cómo acusan, cómo interpelan, cómo
critican algunos a los que no piensan igual. Personas que, pase lo que pase, no verán
demasiados cambios en sus modos de vida, dada la distancia, también geográfica, que hay entre
ellos y aquellos a quienes defienden.

Es curioso pero cierto, el mundo necesita iconos. Para ensalzarlos o para destruirlos. Para cantar
sus virtudes o frustrarse con sus defectos. Los necesita, supongo, como espejos donde mirarse o
puede que para sentir la importancia de sí mismo (“yo pongo, yo quito, yo elijo, yo echo..”)
Elvis se fue de mi vida como entró, por casualidad. Como tantos otros sueños. Todos le “perdimos
la pista”. De vez en cuando una noticia…y así hasta que murió con 42 años. Dejó sus obras, eso
sí. Dejó su traje, tan recordado…Su tumba, tan visitada….Su casa.

Aunque, reconozcámoslo, contemplado en la distancia, para mi trayectoria vital directa y la de mi
prima, poco importancia tuvo. DEP.


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