COMER O NO COMER MAGDALENAS, HE AHÍ LA CUESTIÓN

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[Img #52908]Un día en que me enfadé con el novio, mi padre me lo afeó. No recuerdo el motivo, solo
que, moviendo la cabeza, repitió dos veces: – “que poco talento, que poco talento”-
dandole a la palabra talento el significado de inmadurez. Supongo que para una persona
que, como él, había pasado por diversas penalidades personales, la riña pueril entre
jovencitos le resultaría de lo más intrascendente. Una de las cosas que en mi casa
familiar había siempre que mantener era la templanza, mis padres fueron castellanos
viejos, gente sufrida y bregada por y para la propia forma de vida. Austeros, sí, sobre
todas las cosas. Nada de exhibicionismos, por tanto. Ni siquiera en los sentimientos.
En los tratados de Psicología viene explicado el llamado test de las magdalenas, aplicable
a los niños. Consiste en colocar encima de una mesa varios alimentos dulces
(magdalenas u otros) y dejar durante un tiempo prudencial a dos o tres pequeños solos
con ellos en la habitación, después de haberles dicho que no los prueben. Está
comprobado que quienes cumplen la orden y resisten son personas con mayor
autocontrol en sus propios actos, con mayor voluntad de carácter y mayor resistencia a
las frustraciones.

Si hubiera que marcar algunos de los hitos en la educación sería obligado citar a éste
último: la resistencia ante las frustraciones de la propia vida, dentro y fuera de la escuela.
Nada que ver, evidentemente con el pasotismo. Muchos de nuestros jóvenes no la tienen.
Y como no es algo que viene de cuna sino que se puede aprender, debiéramos todos
ayudar a construirla y ensalzarla.

Porque necesitamos adultos consecuentes. Y pensantes. Y no hay mayores con
pensamiento propio, si antes no hemos conseguido que los niños piensen y discriminen.
Si algo hay que rechina fuertemente (para mí) en los tiempos que corren, es esa especie
de desmadre de decir y gritar de modo atolondrado de cualquier asunto, como si el
pensamiento surgiera de las vísceras más explosivas y no de la reflexión.
Curiosamente hoy, a pesar de que la información circula por todos los lados y es
relativamente fácil adquirirla si tienes una conexión a internet, estamos llenos de
prejuicios, de ideas previas sobre los demás y sus características y acciones. Los
prejuicios enturbian, ya saben, la realidad y la anulan. Permiten no escuchar al otro,
despreciando la persona y lo qué dice. Siempre me sorprenden las frases: ” eso no lo
leo porque su autor está comprado; porque es un traidor; porque no conviene;
porque no es de los nuestros”. Todo está muy bien para la tranquilidad nerviosa de
quién lo dice, pero no anula lo que piensan o dicen otros y no hace que el resto no los
escuchen y no puedan ser convencidos. Con lo qué no hay defensa…
El aprendizaje es siempre personal, toca despabilarse. ¿No les parece? 


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