Hay noches en las que el Teatro Romano de Mérida parece limitarse a representar una obra. Y hay otras en las que las piedras, que llevan siglos escuchándolo casi todo, deciden también participar. Bacanal pertenece a estas últimas.
Paco de Borja, Mérida, Teatro Romano, Cultura, 27 de julio de 2026.
La propuesta dirigida por Chevi Muraday llegó al escenario emeritense con vocación de fiesta, de ceremonia colectiva y de celebración de los cuerpos, pero terminó convirtiéndose en algo más profundo: una reflexión coral sobre el deseo, la libertad, el miedo y esa vieja costumbre humana de buscar la felicidad mientras alguien, desde algún púlpito, intenta ponerle horario.
Chevi Muraday, además de dirigir el espectáculo, firma junto a Juan Carlos Rubio —autor del texto— la creación de una dramaturgia que mezcla palabra, movimiento, ironía y emoción sin perder nunca el pulso escénico. Ese ensamblaje es una de las claves de una obra que avanza desde la contención inicial hacia una expansión cada vez más libre y participativa.
El espectáculo comienza con cierta prudencia, como quien entra en una fiesta sin saber todavía si va a bailar o a quedarse junto a la barra. Durante los primeros compases, la obra tantea el terreno, presenta sus códigos y dispone las piezas de un universo escénico en el que conviven el teatro, la danza, la música y la palabra. Pero poco a poco se desabrocha, pierde la timidez y va creciendo hasta apoderarse por completo del escenario. Y del público.
La escenografía resulta atractiva, sugerente y funcional. No pretende competir con la majestuosidad del Teatro Romano —empresa condenada de antemano—, sino dialogar con él. Lo consigue mediante una composición visual que envuelve la escena sin recargarla, dejando que sean los intérpretes, los cuerpos y la luz quienes terminen de construir el espacio.
Especialmente eficaz es el juego de iluminación, perfectamente acoplado al ritmo de la representación. Las luces no se limitan a alumbrar: respiran, acompañan, esconden y revelan. A veces acarician la escena y otras la atraviesan como un relámpago. Hay momentos en los que la luz parece recordar que toda fiesta contiene también una sombra, y que incluso la alegría más desatada guarda en algún bolsillo una vieja tristeza.
El grupo de danza constituye otro de los pilares del montaje. Su presencia aporta energía, plasticidad y tensión dramática. Los cuerpos hablan cuando las palabras se quedan cortas. Se buscan, se rechazan, se celebran y se enfrentan. La danza no aparece como un elemento ornamental, sino como parte esencial de la narración: una lengua paralela que cuenta aquello que el diálogo apenas alcanza a insinuar.
En el plano interpretativo, Bacanal se sostiene sobre un trabajo coral muy ajustado. Carlos Hipólito aporta precisión, oficio y una naturalidad escénica que evita cualquier exceso. Toni Acosta combina inteligencia, ritmo y una vis cómica perfectamente medida. Juana Acosta introduce fuerza, sensualidad y una presencia magnética que nunca se impone al conjunto, sino que lo enriquece. Elisa Hipólito aporta frescura, sensibilidad y una verdad interpretativa que crece a medida que avanza la función. El propio Chevi Muraday, desde el escenario, completa ese equilibrio entre palabra y cuerpo con una interpretación física y consciente, muy ligada al lenguaje general del montaje.
No hay una voz que aplaste a las demás ni una interpretación empeñada en robarse la noche. El elenco trabaja con generosidad, escucha escénica y sentido del conjunto. Las actuaciones son excelentes precisamente porque cada intérprete comprende que la obra necesita complicidad antes que lucimiento individual.
Esa coralidad es uno de sus mayores aciertos. En Bacanal, nadie parece estar completamente solo, aunque cada personaje cargue con sus propias heridas. Tal vez porque vivir consiste precisamente en eso: en bailar rodeados de gente mientras intentamos que nadie descubra dónde nos duele.
La obra va de menos a más. Su crecimiento es progresivo y acaba desembocando en un tramo final de gran intensidad, cuando la representación rompe definitivamente la frontera entre escenario y graderío. El público deja de ser únicamente espectador y pasa a formar parte de la ceremonia.
La lectura colectiva de un Manifiesto junto a los intérpretes es el punto culminante de la noche. Puede parecer un recurso arriesgado, incluso susceptible de caer en la consigna fácil, pero funciona porque llega cuando la obra ya ha tejido una complicidad real con el público. No se siente como una imposición, sino como una invitación. Como si durante unos minutos las dos mil personas reunidas en el Teatro Romano compartieran una misma voz. Y no es poca cosa.
En tiempos de discursos gritados, trincheras digitales y verdades de usar y tirar, escuchar a un público leer unido resulta casi revolucionario. La palabra vuelve a ser encuentro y no pedrada. El teatro recupera así su condición original: la de plaza pública, espacio de pensamiento, celebración y conciencia.
Bacanal habla de libertad, pero no de esa libertad de escaparate que se anuncia en los discursos y se rebaja en campaña electoral. Habla de la libertad íntima, incómoda y difícil: la de ser uno mismo sin pedir perdón, la de habitar el cuerpo sin culpa, la de elegir el amor, el deseo o la alegría sin que nadie venga a pasar factura.
La función fue recibida como un éxito en el Teatro Romano de Mérida. Y lo fue no solo por la calidad de su escenografía, el vigor de la danza, la precisión del trabajo actoral o la eficacia de la iluminación. Lo fue porque consiguió transformar una representación en una experiencia colectiva.
Al final, el público aplaudió puesto en pie, pero quizá ya no aplaudía solamente a los intérpretes. Tal vez se aplaudía también a sí mismo, por haber aceptado la invitación a participar, a pronunciarse y a celebrar la vida.
Porque toda bacanal verdadera comienza con una copa, continúa con un cuerpo y termina, cuando hay suerte, con una verdad. Y anoche, en Mérida, hubo unas cuantas.
Imágenes: Jero Morales.






