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Cuando se empieza a oír el son del tambor y de la flauta por el Gorrón Blanco, una culebrilla de emoción nos recorre la estructura.

Eso lo entendemos los acehucheños y no sé bien si alguien más. Desde la oscuridad de la remota Historia, el misterio del invierno se hizo presente en este otero llano, entre los riberos del Tajo y de la rivera Fresneda. ¿Cuándo empezaría el rito? Vaya usted a saber.

Dijo el señor Chamorro que ya cuando Emérita Augusta era cristiana, y comenzó el apostolado hacia el norte, se encontró con ritos paganos en algunos núcleos de población. Los hombres se vestían con pieles emulando a las bestias del monte. Y aquí seguimos, impertérritos y con renovadas fuerzas.

¿Se acordará de nosotros aquel buen santo mártir al que evocamos en estos días de invierno? Ni la más mínima duda. San Sebastián, tan celebrado en el orbe cristiano, mira con especial ternura su advocación acehucheña, plena de sentimiento y sinceridad.

El autor junto a una carantoña.

A la hora tercia, el paso firme del endriago, la carantoña, va apareciendo por las calles enjalbegadas de tomillo y romero. Una, dos, veinte, quizás sesenta: un clamor esotérico de la fuerza de la naturaleza y la santa devoción. Ya no queda más que el nombre de aquella humilde ermita donde se advocaba al santo mártir: el huerto de “los mártires”. Mártires San Fabián y San Sebastián en tantos lugares, pero la carantoña en “Al zambug”, Azabuch, Azauge, Azauche, “Savoche” (nos llamó el francés) y por fin Acehúche.

Mientras, el santo en andas recorre las calles e,  incesante, el tambor aleja los malos espíritus. He ahí otra reminiscencia esotérica de este festejo ancestral: la piel del tambor se hacía con una de perro para alejar la presencia del lobo. Ya hay quien relaciona a las carantoñas con las lupercalias romanas. Sea, nosotros, un año más, imploraremos la protección de San Sebastián y  recordaremos a nuestros antepasados que, tal vez en la otra vida, sientan también el son de la flauta y el tambor.  


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