Dios con nosotros

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Queridos lectores, hoy nos vamos a adentrar en el misterio más profundo de Dios. Venimos recorriendo un itinerario por el que paso a paso hemos ido conociendo cada vez un poquito más sobre Él: ¿Existe? ¿Merece la pena creer en Él? ¿Está en Él la verdad? ¿Podemos llegar a conocerle?

Pero hoy por fin llegamos al culmen de todos estos interrogantes: Dios es amor. Si la semana pasada ya dimos el paso agigantado de la revelación de Dios al hombre, hoy queremos acercarnos e introducirnos en su intimidad. Comprender que todo lo que hace Dios es por amor puede ser la cura del mundo de hoy. Y es que nos hemos acostumbrado a vivir sin un sentido porque nos hemos acostumbrado a vivir sin amor, como resignándonos. En cambio, si de verdad fuésemos conscientes del amor personalísimo de Dios, por mí y por ti, nuestras vidas cambiarían.

Efectivamente, el amor es lo que mueve a Dios a obrar. Al crearnos, lo hizo por amor. Al salir a buscarnos, lo hizo por amor. Al salvarnos, lo hizo por amor. Pero hoy escribo esto no para repetir esas afirmaciones tan abstractas de los sermones, sino para que nos demos cuenta de qué significan. ¿Cómo que Dios nos ha buscado y nos ha salvado?

Todo empezó cuando nuestros primeros padres renunciaron a vivir felices junto a Él. Dios les hizo un gran regalo, la libertad, pero la utilizaron de forma egoísta, “para hacerse como dioses”. Es en ese momento cuando nos separamos de Él, creando un gran dolor en su corazón. Además de que el hombre le había ofendido, Dios sufría por nosotros: su infinito amor no soportaba que nos alejásemos de Él. Por eso nos hizo una promesa, que nos salvaría de esa soledad en la que Adán y Eva introdujeron a toda la humanidad. Dios es tan bueno que quiere sacarnos del callejón sin salida en el que nos hemos metido.

Como decíamos la semana pasada, Dios inicia una amistad con Abraham y con el pueblo judío, pero también ellos siguen ofendiéndole. No corresponden al amor inmerecido que Dios está ofreciendo a los hombres. Pero aunque Dios hubiese estado en su derecho de abandonarnos, su misericordia fue infinitamente mayor.

La locura de amor de Dios llegó hasta el extremo: quiso enviar a su Hijo, Jesús, a la tierra. Hasta ese punto quería Dios que volviésemos a Él. Nadie podía hablarnos de Dios Padre mejor que Jesús, su Hijo – y fijaos en la contundencia de aquel mensaje que nos ha llegado pasados dos mil años-. Pero había un problema, y espero poder explicarlo con sencillez. No solo era necesario que Jesús nos hablase de Dios para que le conociéramos. También era necesaria otra cosa: reparación.

La humanidad había ofendido a Dios en innumerables ocasiones. En realidad, una sola ofensa, por ser contra Dios, ya tendría un valor infinito. ¡Teníamos una deuda infinita con Dios! Nosotros no teníamos manera de pagarla. Y ahí está la grandeza del amor de Jesús, Dios hecho hombre: no solo vino a nosotros para que volviésemos a Dios, sino que también Él mismo se hizo ofrenda para saldar esa deuda, Él es el pago de valor infinito que nosotros no teníamos. ¡Eso es lo que significa que Dios murió por ti! Significa que esa deuda que teníamos cada uno en nuestro corazón por culpa de la ofensa de nuestros primeros padres, Jesús la pagó entregándose en la cruz por ti. ¿Y sabes cuál es la única explicación posible a eso? Que te amaba de verdad.

Esa es la mayor muestra de amor, “el amor que da la vida por sus amigos”. Este amor no tiene nada que ver con el que ofrece el mundo. El domingo pasado comenzábamos el Adviento. Se trata de preparar esta venida tan especial de Dios al mundo en Navidad. Realmente parece muy lejano al ruido que genera la sociedad en estas fechas, vacío de significado. Me gustaría que comprendiésemos lo que significa la visita que vamos a recibir, el nacimiento que vamos a celebrar. No es un recuerdo, Jesucristo quiere volver a tu vida, quiere llenarla de alegría y sentido, quiere nacer en tu corazón.

Por eso te pido que intentes prepararlo, que no te arrastre el mundo con sus ruidos y sus luces; prepara tu corazón para el que es la Luz del mundo. Hasta la semana que viene, el Escriba.


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