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Tienen las flores cortadas para la pena y preparadas para el duelo un olor químico y denso entre las piedras de nuestro desconsuelo. Estamos en la edad de la aflicción y acompañamos la pérdida con la visita, la asistencia, la fórmula consabida, el pésame que se derrama en el abrazo y los pasos que se alejan, vivos al fin, capaces de salir y dejar a un lado el monte de lápidas y cruces por cuyas paredes bajas camina, ceremonioso, un gato solemne como el cortejo. Es la edad de los funerales, de la esquela, del cómputo de años que se amontonan y nos refugiamos en que es ley de vida, lo inexorable, el fin de la degradación, la enfermedad, la vejez vivida con amor y placidez… Y todo tiene un silencio de voces bajas, de sollozo contenido, de eficiencia uniformada mientras el olor, denso, químico, vagamente vegetal, flota en la pequeña capilla sin apenas aditamentos, impersonal y luminosa. Allí quedan también las palabras, convencionales, sí, pero de repente, sumamente vividas, tomadas de una conversación rápida antes de entrar, oficiante apresurado que escucha a la viuda, resuena en la pena una frase tan hermosa como contundente en el ceremonioso final de la homilía.

-Era un pedazo de pan.

La bondad de un hombre, un hombre bueno, un hombre humilde, un hombre como tantos otros, en la quietud de su casa, en la paz de su retiro, en el pasar de los días iguales, acabó en sordina y nos queda el recuerdo de una frase que resuena en los deudos y no deudores que salen de la capilla. Un pedazo de pan. Y resuena la masa buena, esa que buscamos sin prisa, de horno de leña, de harina traída de tierras de pan llevar, de gentes que al amanecer están apilando el pan para la venta. Pan y pan, comida de tontos. Pan para hoy y hambre para mañana, ese pan en una cesta que retratara Dalí y que eligiera Gala, la enigmática, la usurera, la extravagante, para que se lo regalara… un cuadro donde, en la esquina austera de la mesa, refulge el mimbre de una humilde cesta de pan rubio y crujiente. Pan y pan nuestro de cada día. Gala pudo elegir lo que quisiera y se quedó con la hogaza buena, con el cuadro de profundas oscuridades, con el fruto del obrador del día. Pan en el horno de los años, y semilla en espiga convertida.

Un pedazo de pan. Acompaña, alimenta, consuela, nos lo llevamos a la boca casi sin querer, masa madre de los recuerdos de infancia. Pan, panadero, panadería, panificadora y empanar, recitan los alumnos de lengua. Raíz o lexema de todos nuestros días. Pan y pan. Pan para hoy, labor callada, ve a buscar el pan, sube el pan, tráeme el pan. Yo sin pan no puedo comer, paniega que arranca el rescaño, el cuscurro, corteza de los días, pan duro, migas entre los dedos para los pájaros que vuelan. Niños alimentados con el chusco de pan para ejercitar los dientecillos feroces. Pan y pan. En la quietud de la despedida, entre lo inexorable, lo inevitable, lo que todos compartimos y nadie queremos, el aliento de las flores, de la pena y de la resignación tiene una densa cualidad de espuma. Y queda la frase final, salmo responsorial, certera definición que nos reduce a eso… a la esencia, a la semilla, a la masa que nos dio de comer y de vivir…

-Era un pedazo de pan.

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.


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