Imagen: Fernando Sánchez Gómez.

Levantarse muy pronto, hacerlo todo con la fresca y dedicar las horas de calor a reponer fuerzas. Sandía, agua, botijo, casa de adobes bien cerrada. Largas, largas siestas de lectura infantil y rayos de sol en los que bailaban las motas de polvo. Veranos de secano esperando el tiempo del espigadero.

Compadezco vivamente a quien trabaja al sol, al taxista metido en el coche, al gremio de la hostelería que suda el verano mientras el resto estamos de vacaciones. Pero si hay un cuerpo que este estío me preocupa y ocupa es el de quienes patrullan las fronteras, esa herida cosida a puntadas feroces en la tierra que arde y el mar que hace naufragar las esperanzas. Ellos son quienes sufren, para su desgracia, esta crisis migratoria que va desde el humanismo hasta el racismo sin pararse a pensar en los hombres y mujeres que reciben órdenes confusas del gobierno de turno y que no saben si recibir a los desgraciados del mundo con el altruismo que forma parte de su ideario o devolverlos en caliente y de malas maneras como quizás les manden entre líneas ¿Cuál es la política que deben seguir estos servidores públicos ahí, en primera fila de la desgracia, de la falta, de la herida, del ataque, de la desesperanza? Quizás haya entre ellos quienes hagan su trabajo abominando de las concertinas, de la fuerza bruta, de las órdenes brutales. Habrá quienes estén convencidos de que su labor es dejar que no pase nadie, pero quiero pensar que, en la mayoría de los casos, se trata de funcionarios convencidos de que todo esto merece una solución que no pase por la brutalidad, por la fuerza, por los golpes, las devoluciones, los centros de internamiento atestados.

¿Cómo se mira a unos ojos desesperados, quizás violentos, decididos, quizás esperanzados o quizás pagados por las mafias para ser violentos? ¿Cómo se enfrenta cuerpo a cuerpo con la desesperación, con la falta, con el deseo de saltar la valla? ¿Cómo soportar la presión, las órdenes inconexas, el deber de mantener la frontera, el dolor de ver la desgracia cara a cara, la falta de reconocimiento a tu labor, la crítica constante? La política y los políticos desde la distancia hablan de inmigración mientras los habitantes de Ceuta, Melilla, Algeciras, Tarifa… la ven cara a cara. Y no solo eso, hombres y mujeres que guardan las fronteras la reciben, la embisten, quiero pensar que la compadecen, sé que lo hacen mientras a su lado aprieta el calor, la presión y, sobre todo, esa sensación de que no hay una respuesta clara: ¿Abrimos los brazos, damos el agua, el pan, la sal y los papeles? ¿Interponemos el cuerpo, el cuerpo vivo de estos hombres y mujeres mientras decidimos qué es lo correcto y las mafias siguen enviando desgraciados a morir en las aguas, en los campamentos que esperan? La frontera es una herida que sangra, que supura… y ahí, en pleno dolor, hacen su trabajo las gentes que, estoy segura, abrirían los brazos, sin embargo, qué cruel orden para ellos mismos supone interponer su propio cuerpo, ahí a dónde no llegan los políticos, ahí donde más sangra la herida de la frontera. Va por ellos.

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