libertad de
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No leo dos críticas iguales de la recién estrenada película de Ridley Scott, “Napoleón”. A unos les ha gustado y a otros, aburrido en profundidad; hay quienes protestan por su falta de rigor histórico y existen los que defienden con verdadera soltura el que no lo haya. Todo bastante previsible, eso es lo cierto, en este mundo de hoy con tantos discursos como personas, con tanto empoderamiento personal que hasta el más ignorante piensa que hace reflexiones profundas y se las debe respetar. Igual ocurre con algunas figuras de la Historia, retratadas como miserables por unas personas y como grandes líderes por otras. El ejemplo último es Henry Kissinger, el influyente diplomático estadounidense que acaba de morir a los cien años, descanse en paz.

Sucede así también en la política, yo he de confesarles que he dejado de leer, al menos con la intensidad con que lo hice siempre, muchas de las crónicas que se escriben. Tiene, particularmente, la política española un tinte tóxico extremo, lleno de dimes y diretes como si de las conversaciones de un patio de vecinos se tratara. Tal y cómo se ve, es dudoso que alguien dé un primer paso para una actitud más mediada ante las situaciones. Un equilibrio mejor entre el consabido derecho a oponerse a tus contrincantes con un proyecto de actuación distinto y esa especie de combate de espadas al que asistimos cada día donde cualquier asunto (importante o no ) sirve para descalificar al contrario.

Lo perverso de la situación estriba en que, llegados a un determinado punto, todos los actores de la obra representada ante nuestros ojos, tienen por lo qué callar. Se siente muy poco, en particulares e instituciones, una defensa firme de lo honesto y ello abre un camino por donde los críticos a una forma de gobierno determinada pueden avanzar en sus protestas. Mientras, los que dirigen el país y el BOE siempre hallan razones para comportarse como lo hacen pues (aseguran) deben defenderse. Se origina así un círculo vicioso de deslealtades y perfidias. Que nadie romperá para no ser tipificado de débil.

Yo sé que se ha dicho muchas veces y que puede resultar aburrido el repetirlo, pero los que hemos vivido épocas donde ni siquiera existía el derecho a reunirse y el mero reparto de una propaganda no oficial estaba fuertemente castigado, vemos con mucha preocupación cómo los recursos que la democracia ofrece y que entre todos nos hemos dado, se utilizan mal por quienes, mucho más jóvenes que nosotros, no tienen mayor información del pasado que lo que han leído en los libros o le han contado las personas mayores de su entorno. Sin vivencias propias, parece no dolerles. Ni piensan que algunas situaciones pudieran repetirse.

Somos muchos los que tenemos la impresión de que las buenas costumbres democráticas adquiridas en otros tiempos y que tanto sirvieron para avanzar hacia un país mejor, se están perdiendo a pasos agigantados y esa pérdida corroe el edificio de convivencia en España que tanto costó construir. Quién no vivió la pobreza en la escuela pública, en la sanidad, la austeridad de vida de los españoles tipo medio y las carencias de las estratos inferiores, las diferencias entre clases, la nula aceptación de la igualdad de oportunidades…parece incapaz de entender la tristeza que nos inunda a los que sí lo hicimos, cuando vemos cómo situaciones normales se desbaratan por puro empecinamiento y bajeza de miras de quienes tienen la obligación de servirnos de ejemplo. Tan rudo el lenguaje, los gestos y hasta las actitudes de muchos (aviesos) representantes políticos. Tan vacuos.Tan interesados. Tan torpes.


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