Este no es un país de ricos

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En España discutimos sobre las particularidades, mucho más que de lo general. Tal
parece que viviéramos en un país de ricos, donde lo segundo lo tengamos conseguido
para siempre y por tanto no hay nada sobre lo cuál debatir. Es como si en una comida los
comensales fijasen su atención en el tipo de postre, despreciando vigilar la calidad de los
primeros platos por creer que, de suyo, será óptima. Lo del “si es si” parece que va a traer
cola. En poco tiempo, y según la tertulia que escuches o el periódico que leas, los
enfoques son diferentes, aunque la mayoría esté de acuerdo en que más pronto que tarde
será necesario reformar la ley. No la anterior, que ya ha sido reformada, sino ésta que
anunciaron como mejora y que por lo qué se ve tiene sus riesgos.

¿Cómo decirlo? En la respuesta política que se da desde el Ministerio en relación con los
derechos de la mujer, siempre me sorprende la evidente contradicción que hay entre una
muy exagerada exaltación de los aspectos más puramente femeninos y biológicos de
cualquier asunto (para convertirlos en algo público y no privado) mientras se dice
defender el criterio de que todos somos iguales. Eso y el continuo victimismo con el que
se enfoca cualquier cuestión relativa al colectivo de mujeres, hace (en mi humilde
entender) más daño a la causa que cualquier otra manera de interpretar el papel de
aquellas en el mundo actual, porque las muestra débiles y perennemente necesitadas de
auxilio exterior. Sucede que, en principio, les ha salido bien a quienes defienden este
modelo: partidos y sindicatos han establecido un régimen de cuotas que la sociedad ha
aceptado y con ello se ha roto la barrera de la invisibilidad y el 60/40 se ha hecho algo
corriente. Pero claro, las cuotas mantenidas en el tiempo, contra viento y marea, como un
derecho dentro del derecho general de igualdad de oportunidades pueden caer en una
mera imposición sin mérito alguno y a la larga, en unos resultados nefastos que lastren su
aplicación cuando realmente sean necesarias. Más bien se trataría de ensanchar
espacios sin tanto estrépito, de una manera tranquila, dado que lo básico está reconocido
como algo consustancial a una forma de vida y de relaciones. Pero no se hace. Una y otra
vez se enfoca la mirada sobre las mujeres, primero como si todas fueran exactamente
iguales, tuvieran los mismos objetivos en cualquier etapa de la vida y siempre tuvieran
alrededor posibles acosadores del otro sexo, vigilantes. Para agredirlas.

Afortunadamente, no sucede así. Desalmados los hay, lamentablemente, en cualquier
sitio y sobre ellos debe caer el peso de la ley y la condena de la sociedad, pero eso no
puede llevarnos a generalizar tanto como para tener a un ministerio dedicado
íntegramente sólo a estas cuestiones, abandonando otras que también tienen su
importancia en la vida de la mujer; los recursos dedicados a una sola de las vertientes,
cuando tanto se podría hacer en otras que también les afectan. Hace unos años las
marchas de las mujeres en días señalados, defendiendo cuestiones específicas que les
atañen, fueron reconocidas como algo clave a favor de los derechos femeninos y por
tanto del progreso de cualquier población. Pero ese movimiento se ha roto, y lo tiene difícil
para volver a ser lo que era, con tanto insistir en los apartados sexuales en lugar de
trabajar en todos los objetivos. Esa visualización continua de las cuestiones privadas, ese
insistir continuamente en la búsqueda de culpables, rebajando la buena normalidad de las
relaciones entre iguales, y ese victimismo continuo, hacen tambalear fuertemente el
discurso identitario al sustituirlo por una visión de “debilidad” o de “cara dura”. Cuando no
es así.


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