La tertulia improvisada

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En la placita apenas un cruce de calles, el bar ha montado su terraza protegida contra todos los vientos con la estufa que nos ha devuelto a la calle el camión del butano y el toldo por si llueve. Todo para ese vino, ese pincho, ese café compartido a la intemperie sin el que no podemos vivir. Y el de la carnicería, que le pasa el género a la señora cocinera de toda la vida, el de la papelería y hasta los del supermercadito chico, se juntan a media mañana a tomarle la temperatura a la pandemia mientras personalizan en un nombre las idas y venidas de las medidas contra el paisaje desolador de esta batalla cotidiana.

-¿Qué medidas va a levantar este y con qué criterios? Si es más bruto que la pila un pozo.

Tengo un barrio de ecos pueblerinos, de gentes que trazaron la línea ferroviaria. Cuando sopla el viento de un lado, el anuncio de los pocos trenes por la megafonía de la estación se cuela en mi patio como se colaban antes los resoplidos del tren de carbón. Más allá, la Prospe de todas las ciudades, que prosperar y prosperidad eran en los años sesenta la esperanza y el destino de quienes, como mis padres, recalaban del campo en la ciudad mediana, la ciudad letrada, la ciudad perezosa y recatada de una Martín Gaite que se negó a ver la vida entre visillos y a ser la hija del notario… que no es mona, pero que tiene algo.

-A ver si este se baja de la burra.

Al político al que le toca la ingrata tarea de la prohibición, que niega la Semana Santa y se enfrenta a la medida como un kamikaze, la gente le critica con cierto deje de admiración, porque en el fondo, nos gustaría un mundo de certezas y no de resilencias ni bandazos. En la tertulia que se monta en la improvisada terraza del frío y de la intemperie normativa, todos se bajan la mascarilla y se alejan unos centímetros apenas para fumar, porque el dueño, camarero, cocinero y atajador de contagios, les repite hasta la saciedad con carteles y tono cansado que está prohibido fumar en la terraza. La tertulia a flor de plazuela tiene un eco de corrillo reivindicativo, de recreo para niños grandes gruñones y enfadados con la señorita maestra. Por eso dejan la taza, la caña, la copa, el puño, caer sobre la mesa con enfado.

-Esto es una lotería, al que le toque va aviado, haga lo que haga.

Cuando paso en medio de lo que parece un campamento apresurado, cargada de bolsas y el oído atento, me llegan rumores sordos, quejas y algún que otro suspiro de resignación cristiana, porque todos tiene a alguien que lo ha pasado y la noticia salta entre las mesas como los pardales sin vergüenza buscando las migas. Y el silencio se impone ante la muerte, el ingreso, la enfermedad, la vida que se vive ahora con el miedo y la extraña seguridad de que estamos y semos todos más indefensos. Cuando me siento en la mesa recién abandonada y ya rociada con agua y lejía, vuelve a elevarse el sordo bullicio de las voces, de nuevo haciendo el cálculo de la muerte con ese eco vivo de nuestra cercanía. El vino blanco escarcha la copa y tengo frío, pero me gusta este remedo de normalidad mientras escucho esta improvisada tribuna de sabios oradores. A su lado, los políticos que se enfrentan a la cámara diaria, son títeres que balbucean.

-Esto lo arreglaba yo dejando que se muera el que se tenga que morir, y los demás, pal ante.

Y de nuevo se calla la tertulia improvisada y hasta el dueño, el hombre que nos pastorea con la bandeja y la paciencia, se atreve a hacer un gesto de cansancio.

-Lo que tiene uno que oír.


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