LOBADA EN LA ERMITA DE SAN PEDRO

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Anda, Rosendo, coge una docena de cohetes y los vas tirando hasta la er- mita, por si hay algún lobo entre las jaras. Allí esperas a que llegue el pastor (que era tío Isidro Monroy).

Dicho y hecho; cogí los cohetes, encendí el mechero de mecha y salí en direc- ción a la ermita. Apenas se veía por la espesura de la niebla, aunque ya era de día. Gasté los cohetes y llegué a las ruinas de la ermita lo que se dice hecho una sopa, por lo mojadas que estaban las jaras que rodeaban a San Pedro.

Intenté hacer una lumbre para secarme y, mientras, esperar a que llegara tío Isidro, pero no fui capaz porque no tenía ningún cacho de papel, el pasto es- taba mojado, los picos lo mismo; cagajones secos tampoco había, así que me dispuse a echar un cigarro, cuando en esto llegó tío Isidro y me dijo:

Ven “pacá” Rosendo, que tienes muchas cosas que aprender.

Y empezó a meter las manos en las grietas de las viejas paredes y a sacar pas- to seco, tomillos y trozos pequeños de jara, todo seco. Así que la lumbre no tardó en chisporrotear y empezamos a calentarnos. De pronto se oyó un ruido enorme por los alrededores y vimos cómo las ovejas se dispersaban corriendo por todas partes, los perros ladraban furiosos y nosotros venga a dar voces, ya que vimos cruzar a dos lobos mordiendo a las pobres ovejas.

Por fin todo quedó en silencio y fuimos a ver el resultado de aquella tragedia. Había ovejas muertas, o moviéndose, por todas partes. Las fuimos contando y creo que eran sesenta y siete (67) las que habían sido víctimas de la “lobá”. Entonces tío Isidro me dijo que debían de ser cinco o seis lobos los que habían atacado al rebaño por distintos sitios.

Nos fuimos a la casa y al contarle a tío Loreto lo sucedido me quería matar; pero el viejo pastor le dijo muy serio: “El muchacho no tiene culpa. Ha hecho lo que se le mandó, tirando los cohetes y llegando a la ermita calado hasta los huesos. Los lobos son muy astutos y saben cómo atacar, y nosotros también hemos hecho lo imposible por espantarlos, con la ayuda de los perros. Así que

¡mala suerte!”.

 

Después nos fuimos con otros empleados a recoger las ovejas muertas y vol- vimos junto a las vivas para seguir con el pastoreo”.

Nota 1: Esto me lo contó Rosendo Gómez, alias “Chenda”, con quien me jun- taba algunas veces en Coria. Era de la familia de “los Pollos”,  de Acehúche,   y murió en Coria hace dos o tres años. Cuando el suceso tenía unos quince.

Acehúche, julio de 2010.

Nota 2: Todo lo anterior me lo ha mandado, manuscrito, Gabino Hurtado, pa- riente y amigo mío, maestro nacional jubilado, con el que me une tremenda afición por los textos, las leyendas y la Historia; sobre todo por todo aquello que tiene algo que ver con nuestros ancestros y las cosas que han pasado a la izquierda, o cerca, de la Vía de la Plata, y entre las cuencas del padre Tajo y de su hijo el río Alagón. Mores et tempora.


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