LOS DESMEMORIADOS DE LA MEMORIA (II)

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A tal déspota ya le conocimos decrépito y a punto de irse a las calderas de Pedro Botero, sin que se lo pudieran impedir las muchas hostias consagradas que tragó en sus dilatados años, su pelo en pecho en la desabrochada camisa legionaria ni el brazo incorrupto de Santa Teresa que llevaba como bastón de apoyo (si la santa hubiera levantado la cabeza cuando el tirano firmaba tantas penas de muerte, seguro que le habría dado con su momificado brazo en mitad de la cocorota).

Se abrieron las puertas del mentado mausoleo para exhumar los cuerpos de los hermanos Manuel y Antonio Lapeña Altabás, naturales del pueblo zaragozano de Villarroya de la Sierra, asesinados por las hordas franquistas en 1936 por el simple hecho de ser militantes anarquistas.  Manuel fue el fundador de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) en Calatayud.  Y se abrirán las puertas bajo el rostro ceñudo y avinagrado de Santiago Cantera, prior-administrador de la abadía de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, el mismo que se negó a acudir a la Comisión de Justicia del Senado.  Tuvo que acudir la Comisión a su guarida,  la mayor fosa de la Guerra Civil Española, donde suelen celebrar sus misas y sus emblemáticas victorias los que ganaron esa guerra, con la inestimable ayuda del naZismo alemán y el fascismo italiano.  Pero de la comisión se descolgaron PSOE, Podemos, PDeCAT y Esquerra Republicana de Catalunya.

El pasado 26 de diciembre hizo 10 años desde que se aprobó la Ley 52/2007, conocida como Ley de Memoria Histórica.  Hasta el año 2011 se concedieron ciertas ayudas para que esta Ley se patentizara en hechos concretos.  Las últimas ayudas fueron firmadas por el ministro socialista Ramón Jáuregui.  Entre ellas, una de 40.000 euros concedida al que la derecha dio en llamar el “Gobierno de Extremadura” (gracias al cielo que ha vuelto a su nombre primigenio y con solera histórica: “La Junta de Extremadura”).  La presidía en aquel momento José Antonio Monago Terraza, del Partido Popular.  Dicha subvención se destinaba a asociaciones y agrupaciones familiares, a fin de que pudieran llevar a cabo toda una serie de acciones de restauración contempladas en la mencionada Ley.  Pero las maniobras dilatorias y la escasa empatía que ha venido demostrando la derecha de este país hacia la Memoria Histórica, dieron lugar a que esa subvención se fuera al garete, perdiéndose por completo.  Así no es de extrañar que de 180 fosas comunes que hay en Extremadura, solo se haya inhumado una mínima parte.  Bastantes de ellas están en fincas privadas, de terratenientes afines a la causa de los sublevados fascistas y que permitieron que los republicanos y “rojos” asesinados fueran enterrados en barrancos, antiguas minas y otros despeñaderos existentes en sus latifundios.

Desde 2011, con el PP ya en el poder, no ha habido un solo céntimo para llevar a buen puerto la Ley de la Memoria Histórica, lo que a ojos de muchos es toda una inmoralidad.  Encima, Mariano Rajoy Brey, se jacta en público y en privado que jamás ha destinado un solo euro a tales fines.  José Manuel Carpacho, presidente de la Asociación de la Memoria Histórica en Extremadura (ARMES), lo ha dicho muy claro:  “Rajoy no ha derogado la Ley, pero la ha vaciado de contenido”.  Aquí, en estas tierras belloteras que siguen siendo del amo, también contamos con otros segundones del Presidente de la nación, como don Luis Díaz-Ambrona Bardají, flamante abogado que, días atrás, escribía en un diario regional cosas como éstas: “Extremadura necesita mirar el futuro y no preocuparse del nombre de las calles”.  Siempre los que suelen hacer afirmaciones de este tipo, chuleándose a la Ley de la Memoria Histórica, pertenecen a ciertos clanes muy ligados al anterior régimen tiránico.  Hay que recordar que el padre del abogado fue don Adolfo Díaz-Ambrona Moreno, procurador de las Cortes franquistas y que llegó a ser ministro de Agricultura, Pesca y Alimentación con “El Generalísimo” (en grado superlativo) ente los años 1965-1969.  Nuestro heterodoxo, transgresor, miembro del grupo “Pánico”, inococlasta, periodista, internacional, novillero en sus buenos tiempos, con grandes responsabilidades en aquel Partido Comunista de España (PCE) de la clandestinidad y de la Transición, devenido en anarquista y entrañable amigo nuestro, Diego Bardón Salamanca, hijo de Fuente del Maestre, escribía en el periódico “El País” (21 de noviembre de 1980) cosas tan sustanciosas como las que siguen: “Es, eso sí, sobrino carnal de Adolfo Díaz-Ambrona, aquel pacense que durante el tiempo que fue ministro de Agricultura, en la época franquista, permitió la desertización de buena parte de nuestros suelo con la siembra masiva de eucaliptos”.  Estas consideraciones figuraban en el artículo “¿Por qué un homenaje?”, escrito a raíz del homenaje tributado a Juan Antonio Ortega y Díaz Ambrona, ministro con Adolfo Suárez y sobrino del otro Adolfo, en Villanueva de la Serena.  Diego Bardón apostillaba: “La decisión (del homenaje), que sin duda contará con el apoyo de terratenientes y testaferros, es lamentable”.   También don Mariano Rajoy Sobredo, padre del actual jefe del Gobierno, de quien heredó su nombre, hizo y deshizo, según lo publicado por diversos medios, cuando fue nombrado Presidente de la Audiencia Provincial de Pontevedra.  Parece ser que estuvo implicado en el fangoso y oleoso caso “Redondela”, del que se levantó la liebre en 1972.  Impensable la separación de poderes de una dictadura.  Hoy, tampoco hay mucha transparencia en esta democracia de cartón piedra que tenemos.  En aquel proceso estaban en el ajo ministros y exministros franquistas y otros altos cargos de la Administración.  Pero, de la noche a la mañana, los 5000 folios del sumario desaparecieron como por arte de birlibirloque, y eso pese a estar guardados bajo siete llaves en la Audiencia Provincial de Pontevedra.

Familias de latifundistas históricos, de grandes de España, de la “beautiful people” de aquellos años, de la casta franquista…, cuyos herederos, envueltos hasta la coronilla en los colores de la bandera monárquica (si lleva el aguilucho, mejor que mejor), hacen mofa y escarnio de los perdedores de la guerra civil y se pasan bajo el arco del triunfo todo lo que huela a lo que ellos denominan “Memoria Histérica”.

 

HIPOCRESÍA Y CINISMO

 

El abogado Eduardo Ranz, incansable luchador por la defensa de los Derechos Humanos y porque la citada Ley se cumpla a rajatabla, denunció recientemente a varios pueblos del norte cacereño por no retirar la simbología franco-fascista.  Para este abogado, la Ley de Memoria Histórica “está derogada de facto”.  Y lo afirma no solo porque el gobierno de Rajoy no haya soltado un solo euro para cumplir lo emanado de ella, sino porque se están dando alas a numerosos consistorios de su mismo signo político para que miren para otra parte y se opongan a las mociones presentadas por la oposición.  En numerosos pueblos de España, el PP, junto con Ciudadanos y otras agrupaciones independientes, ha bloqueado y boicoteado las propuestas de grupos de izquierda y de asociaciones de vecinos en aras del desarrollo de la mentada ley.

El Día Internacional del Libro, se abrieron las puertas de los columbarios del Valle de los Caídos.  No solo se pretende exhumar los restos de los dos anarquistas que citamos más arriba, sino también los de dos soldados movilizados forzosamente por el ejército franquista y que, sin permiso de sus familiares, fueron enterrados en esta espantosa cripta.  Uno de ellos fue Juan González Moreno, del pueblo malagueño de Arriate, al que un balazo en el frente le provocó heridas que le llevaron a la muerte el día 1 de agosto de 1938, en un hospital de Jerez de la Frontera.  El otro era Pedro Gil Calonge, de Castejón del Campo (Soria).  También caía por herida de bala el 1 de junio de 1937.  Estos dos pobres soldados, humildes labradores, al menos recibieron rezos, cánticos, loores y coronas de flores todos los 20 de noviembre en sus respectivos pueblos a lo largo de la larguísima dictadura.  Sus padres o viudas fueron compensados económicamente, recibiendo un puñado de duros todos los meses.  Pero los que cayeron defendiendo el legítimo y democrático régimen de la II República Española solo recibieron maldiciones, escupitajos y el olvido más cruel por parte de unos vencedores, que borrachos de “sus patrias”, “sus panes” y “sus justicias”, jamás quisieron ni supieron perdonar.

Cuando  escuchaba a ciertos tertulianos del PP y Ciudadanos en diferentes medios elogiar la apertura de la mayor fosa común de nuestra guerra civil, sentía terribles náuseas.  Auténtica hipocresía y cinismo.  Llevan toda una vida haciendo ascos de la Ley de la Memoria Histórica, oponiéndose en Ayuntamientos, Diputaciones, en parlamentos autonómicos, en cien mil foros y cátedras a todo lo que fuera sacar de barrancos y cunetas los restos de los republicanos y, ahora, de pronto, les ha picado no sabemos qué mosca y donde antes dijeron “digo” han acabado por decir “Diego”.  Muchos consideramos que lo hacen de cara a la galería.  Su genética política no cambia de la noche a la mañana.  ¿Es que ya no se van a “abrir heridas” por exhumar a tantos miles de asesinados en nombre de un Dios y de una España patrimonializados por el pistolerismo fascista?  Heridas que no se han cerrado por culpa de ellos, de las derechas de este país, que hoy se tiñen de democristianas o liberales, cuando todos conocemos sus orígenes y sus guiños y venias a la anterior tiranía franquista.  El ilustre pedagogo hispanorromano Marco Fabio Quintiliano decía: “Mendacem memorem esse oportet”.  O sea, “el mentiroso necesita tener buena memoria”.  Pero hay muchos sujetos mendaces que, gozando de excelente memoria, solo la utilizan para lo que les conviene.  Y tanta es su procacidad y su exaltada memoria que, por más que intentan volverse desmemoriados, no lo consiguen.  Les traiciona su pasado.  He ahí a José María Aznar, conocido militante del PP y expresidente del Gobierno, exclamando aquello de: “El espíritu de concordia no se consigue removiendo tumbas ni removiendo huesos”.  O a aquel Manuel González Capón, alcalde del PP en Baralla (Lugo), baboseando sus palabras: “Quienes fueron condenados a muerte durante el franquismo será porque se lo merecían”.  No hay que dejar atrás a Rafael Hernando, el portavoz de voz avinagrada y resentida del Partido Popular en el Congreso: “Algunos solo se han acordado de su padre, parece ser, cuando había subvenciones para encontrarle”.  Son muchas las afirmaciones de la derecha de este país en tal sentido. Otro siniestro botón de muestra lo encontramos en la boca de José Ortiz de Toro, regidor por el PP en Cádiar (Granada): “Habría que ponerle dos o tres placas más a Franco, pero que estén nuevas, para que se vean mejor; así se recordarán más”.  ¿Y que nos cuenta Albert Rivera, anaranjado dirigente de Ciudadanos, sobre estos particulares?  Pues cuando se negó a que el Ayuntamiento de Calatayud retirara la Medalla de Oro de la Ciudad concedida al general Francisco Franco Bahamonde, salió por la tangente para argumentar su postura: “Soy partidario de que la historia de los españoles la escriban los españoles, y no que cada Ayuntamiento se dedique a poner o quitar calles, bustos o medallas”.

No todo queda dicho, que aún falta la tercera parte, que siempre es la más interesante.  Pero llegada es la hora de saludar a nuestro poeta, que campa ya, libre y sin amarras, por esta primavera que explosiona de esplendor por sus cuatro costados.  Atrás quedaron las pegajosas brumas, las gafas de grueso aumento, la dislexia social, los estrés postraumáticos e histriónicos y otras paranoias.  Nuestro rapsoda nos recuerda que, hace escasas jornadas, celebramos el 87 aniversario de la proclamación de la II República Española.  Evocando tan memorable acontecimiento, nos trae a nuestras memorias, que procuran ser honestas consigo mismas, los versos dedicados a María Pineda, la granadina que bordó una bandera republicana y fue condenada a morir bajo garrote vil en 1831, con 26 años de edad, reinando en España Fernando VII, un miembro más de la degenerada dinastía borbónica y conocido como “El Rey Felón”.

 

MARIANITA

Siembra, Mariana, en mi pecho

unas granas de claveles,

y bórdame en derredor

con hilo de tres colores:

rojo de sangre el primero;

el segundo, de membrillos.

Y el tercero…

El tercero, Marianita,

de granates.

¡Verás qué pronto florecen

tres claveles tricolores!:

Fraternos, libres, iguales.

¡Y que embriaguen los aires

desde la pérfida Albión

al país de los nipones!


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