Madurar no es caer (A las madres heridas) 

A finales de julio, en medio de la mañana calurosa, observo el paso vivo de la multitud varia. Cada uno, cada una, paseando su problema íntimo y dejando visible tan solo la naturalidad del paisanaje: alguna sonrisa, alguna prisa, alguna cara destemplada, ... me da que pensar que por dentro somos tan distintos como diferentes somos por fuera.

0
203

Pienso mientras tanta diversidad que no debo considerarme rarillo porque un correo electrónico me ha revuelto el ánimo y me ha levantado la tapa de los sesos para que mi conciencia reflexione libre del bullicio social.

Mi dilema, duda y ocupación ética crece con la indagación del caso de esta mujer (esa mujer, no; ésta) que huye y se esconde (con sus hijos) de la Justicia que le reclama la entrega de sus dos hijos al padre que la maltrata. El matrimonio estaba roto, los hijos viven con la madre ahora pero el padre reivindica su derecho a llevárselos con él. Y la ciega Justicia le concede el arrebato para que la madre y mucha sociedad añore que esta Justicia (ésta y no esa) hace tiempo que no acude al oculista.

La persona juez que haya fallado que el esposo pueda llevarse a los hijos, seguro que debe tener una tabla reguladora de argumentos y accesorios jurídicos para eludir los contagios afectivos y no ser de tierna decisión. Pero a la postre, lo que haya de decidirse afecta por entero a los pequeños sin que ninguno de ellos haya intervenido en ninguna demanda. Su edad se lo impide.

La Justicia hoy es frialdad que no aminora los calores veraniegos; incluso en el contemporáneo y bochornoso episodio de la testificación del señor Presidente del Gobierno por el conocido “Caso Gurtel”. Aún siguen las llamaradas de cómo la Justicia trata asuntos tan aireados como la vergonzosa corrupción de algunos gobernantes. ¿Nos falta que el monstruo de la impiedad se ensañe con la infancia?

Parece que un largo texto tiende a enamorar a todos los grupos políticos y al entramado legislativo: “Bases para el pacto de Estado contra la Violencia Machista“. Coetánea con esta ilusión, nace el revulsivo judicial de que una mujer maltratada tiene que entregar a sus hijos al maltratador. Nos enseñaron los libros eso de la “separación de poderes“, que deberá ser distinto a la “desviación de poderes“.

Juana Rivas, la madre multimaltratada, desobedeció el miércoles el mandato de la persona juez de aparecer con sus dos hijos en lo que irónicamente se dicta como “punto de encuentro

 

La madre ha desobedecido un derecho recogido por la Convención de La Haya, que declara que “existe sustracción ilícita de menores cuando se trasladan de un lugar a otro país sin el consentimiento o autorización de uno de los progenitores.” El abogado del marido denuncia la “instrumentalización del caso, que califica de “secuestro interparental“, y que nada tiene que ver con la violencia de género. Estos son los planteamientos básicos del asunto, con toda la riqueza que esconden.

El revulsivo de esta causa judicial tan enrevesada para una comprensión global que ilustre y oriente la solución del conflicto, es que la afectación supera a los derechos e intereses de ambos progenitores y sepulta los derechos de los hijos a una infancia feliz.

Observamos que aumenta la frecuencia de menores inocentes afectados por la lacra de la violencia de género entre sus progenitores; los jueces, y los fiscales, y los periodistas, y los ciudadanos deberíamos obligarnos a reaprender los principios humanistas del Derecho Natural y apartarse, en las sabias ocasiones, del camino fácil de las sentencias de técnica perfecta.

Para ello, ni siquiera es válida la opción salomónica que solventase el asunto adjudicando la niña a la madre y el niño al padre; o viceversa.

No encontrando nadie remedio o pacto, al menos la madre entiende que lo más natural es huir de esta sociedad que tanto condena y tan poco premia; por lo tanto y por tan poco, lo más humano es esconderse, a ver si así maduramos todos un poquito.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here