MAZINGER ZETA

  Felipe Caletrío Esteban, el paisano que tenía un ojo a la virulé y al que todo el mundo le conocía por Ti Gelipi “El Grillu”, nunca supo que Mazinger Zeta era un robot conformado por la misteriosa e irreductible aleación “Z”.  Lo pilotaba Koji Kobuto y, con él, se enfrentaría a los malvados robots de Hell, con el objetivo de salvar al mundo.  Felipe solo sabía que había nacido un 26 de mayo de 1907, domingo.

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Justamente cuando también lo hizo el famoso actor, cantante, cineasta y productor estadounidense John Wayne.  La Iglesia decía misa recordando a San Fugacio y a San Simetrio.  Y también sabía que era hijo de Ti Hilario Caletrío Barroso y de Ti Felipa Esteban Gordo y que se había quedado tuerto porque una escopeta clandestina, que siempre llevaba consigo al monte, le hizo una mala jugada, reventando el cartucho con muy mala folla y estropiciándole un ojo.  Pero eso fue después de haber sido movilizado para pegar tiros en una guerra de la que no sabía  ni de qué lado le venía.

A Felipe Caletrío le llevaron al frente cuando apenas quedaban ya cinco meses para que acabara aquella masacre cuya mecha la prendieron ciertos fachas y fanfarrones generales africanistas, jaleados por terratenientes y banqueros y gran parte de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana.  Era de la quinta del 27 y fue movilizado en noviembre de 1938.  Su pueblo había caído en “zona nacional” y le tocó apretar el gatillo contra los “rojos”. “No eran loh rójuh cumu moh loh pintaban -me relataba en cierta ocasión el amigo-, que ni tenían rábuh ni cuérnuh.  Eran ehpañólih cumu nusótruh y quiziá múchuh d,élluh con máh humanidá y miramiéntuh pa la genti baja que múchuh de loh qu,ehtaban a lah órdinih de Francu”.   Algunas balas silbaron por cima de su cabeza, pero no fue cosa de peligro.  Integrado en su regimiento de Caballería, que avanzaba a la vera de los fascistas italianos que formaban la División Littorio, se metieron por La Mancha albaceteña y no pararon hasta Chinchilla.  El frente republicano se desmoronaba y cundía la desbandada.  En el aeródromo de Los  Llanos, Albacete, el nieto paterno de Ti Lorenzo Caletrío Miguel y de Ti María Barroso Esteban fue testigo de la entrega de los aviones republicanos a las tropas franco-fascistas.  El coronel de aviación Manuel Cascón Briega, oriundo del pueblo salmantino de Ciudad Rodrigo, no quiso huir y dejar en la estacada a sus soldados.  Siempre pensó que aquellas “Concesiones y Benevolencias del Generalísimo”, dirigidas a los perdedores y emitidas continuamente por la radio, formaban parte de la conmiseración de los vencedores.  Pero… , “¡Vae victis!”  No tardó en presentarse el comandante de aviación, furibundo franquista, Gerardo Fernández Pérez, que, después de humillar y vejar al coronel republicano, exclamó a grandes voces: “¿Qué se han creído ustedes?  ¿Que han perdido unas elecciones?  ¡Nada de eso!  Han perdido una guerra con todas sus consecuencias y no piensen en la cárcel, que luego vienen los indultos.  ¡Piensen que serán condenados a muerte y fusilados!”  El coronel Manuel Cascón sería ejecutado el 3 de agosto de 1939 en Paterna.  La terrible frase lapidaria del general Emilio Mola Vidal, conocido como “El Director” por ser el cerebro de la tragedia del 36, seguía patentizándose macabramente: “Hay que sembrar el terror.  Hay que dejar la sensación de dominio eliminando sin escrúpulos ni vacilación a todos los que no piensan como nosotros”.

La actuación miserable, engreída, totalitaria y genocida de aquellos espadones y otros dirigentes de las  derechas españolistas acabaron de quitar la venda de los ojos de Felipe Caletrío.  A ello coadyuvaron las conversaciones que mantuvo con muchos republicanos que se habían alistado voluntarios en el ejército de Franco para pasar desapercibidos y evitar ser represaliados.  Miles de ellos continuaron con el máuser a cuestas en la División Azul, dejando su sangre congelada sobre las estepas del invierno ruso.  “Unu del nuehtru pueblu tamién queó pa,llí.  Se llamaba José Gutiérrez Díaz y era un buen muchachu, gran amigu míu.  Era de loh pócuh comuníhtah c,había en el pueblu.  Se jué voluntariu a la guerra.  Tenían amenazá a la su familia y él, pa jadel mérituh, se jué voluntariu.  No volvió máh.  Ni siquiera vinu parti de él de que lo habieran matau loh rúsuh.  Se le dio pol desaparecíu y hahta el día de la fecha”.   Los años de las cartillas de racionamiento; las calamidades y padecimientos bajo el cruel régimen dictatorial; el pobre campesinado asentádose en dehesas compradas a los latifundistas a precio de oro y en las que éstos se reservaban las mejores zonas regables de aquellos pueblos de colonización; los indigentes pegujaleros escapando con sus maletas de madera hacia los países europeos; el agobio integrista de una Iglesia que compadreaba a sus anchas con los caciques y los políticos conservadores y adictos a aquel Movimiento que no se movía ni un milímetro de sus postulados genocidas y totalitarios…  Y los de siempre engordando a costa de las arcas públicas y del estraperlo.  El pueblo se resignaba y callaba.  El miedo a los confidentes y la  oscura sombra de los cuartelillos guardaba la viña.   Ti Felipe “El Grillo” hizo lo que el otro: oír, ver y callar, por la cuenta que le tenía.  Se dedicó a labrar sus cuatro cachos y a encajar y entablillar huesos rotos de sus vecinos, que por algo había heredado la gracia de su suegro, un afamado curandero en todos aquellos alrededores: Gregorio Jiménez Montero, al que chicos y grandes llamaban Ti Grigoriu “Parra”.

No conoció el nieto materno de Ti Lorenzo Esteban Sánchez y de Ti Manuela Gordo Puertas (natural del pueblo de Palomero) a Mazinger Zeta, ni supo en su curanderil y campesina vida que la letra “Zeta” o “Ceta” deriva del proto-semaítico “Za”, simbolizado por un puñal.  En arameo, significa “arma”.  Por suerte, tampoco llegó a conocer ese otro monstruo cargado de opacidad, secretismo y falta de democracia y que se entiende a nivel de calle como CETA      :  “Comprehensive Economic and Trade Agreement” (hablando en cristiano: “Acuerdo Extensivo Económico y de Comercio”).  ¡Lástima que la daga afilada y cortante de la “Zeta” o los fulgurantes rayos de Mazinger Zeta no lo hubieran fulminado antes de ser aprobado  por toda  la oligarquía europea y aquella socialdemocracia que se volvió socioliberal y gatopardista!   Los herederos ideológicos del franquismo lo han aprobado con gran entusiasmo.  El caso es tener a buen resguardo sus controvertidos intereses y privilegios, amañados y amasados, en muchos casos, en los años de la paz de los cementerios, aunque para ello haya que encorbatarse como mandan las directrices de la democracia cristiana, el ñoño y veletero centrismo que se acuesta liberal y se levanta  con un tufo a historicismo alemán que no hay dios que lo aguante o el reformismo monárquico-capitalista de ciertos socialdemócratas.  Todos los que han sudado la gota negra para defender al “CETA” son los perros cancerberos de los consejos de Administración de las multinacionales europeas, en donde se encuentran las “puertas giratorias” en las que van montados dirigentes del PP, de las derechas nacionalistas y del PSOE venidos a menos políticamente pero yendo a más en lo tocante a sus bolsillos.

Aquellos que engordaban como tejones en tiempos en que Ti Felipe no hacía otra cosa que oír, ver y callar son los mismos que se llenan la panza ahora.  O sea, todos esos bancos europeos (Deusch Bank, el BSCH, el BNP o el BBVA, por citar algunos), que son quienes controlan miles de negocios, desde la Sanidad a la Energía, se aglutinan en todo un bloque oligárquico, defendido con uñas y dientes por las formaciones políticas mentadas más arriba.  Los que han rubricado el Acuerdo pretenden desregularizar las economías de sus países y ponerlas al servicio de las grandes multinacionales financieras e industriales.  ¡Pobres autónomos y pequeños empresarios!  Todo un pufo contra la clase trabajadora europea y, en general, contra los pueblos del mundo, a la que se somete a una merma de sus derechos sociales y laborales.  Toda una globalización muy ansiada por el imperialismo capitalista, cuyos poderes mediáticos y cavernarios han sabido vender muy bien su podrido producto a unas masas aborregadas, individualistas, acríticas y carentes de conciencia de clase.  ¡Menuda eufórica borrachera la de Mariano Rajoy Brey y sus mesnadas bailando la conga con Donald Tusk y Jean-Claude Juncker, presidentes del Consejo Europeo y de la Comisión Europea, respectivamente!  ¡Vuelve, por favor, Mazinger Zeta, y lanza tus rayos congeladores sobre ese engendro que no es tu tocayo sino el Edward Hyde de la película!  Y esta vez la película no es de ficción, sino pura y dura realidad, aunque algunos que dicen estar a la izquierda pero están en sus antípodas la cataloguen de “acuerdo progresista”.  Y otros que danzan al mismo compás se tapen los ojos para no ver nada, refugiándose en la abstención.  Luego, muchos rótulos de “Somos la Izquierda” y, a la vuelta de la esquina, el jefe de filas declara con contundencia que “somos un partido de centro-izquierda”.  O sea, como aquella Gestora que le descabalgó por desbocarse hacia la izquierda.

Ti Felipe Caletrío Esteban no llegó a conocer el CETA.  ¡Ni puñetera falta que le hacía!  La Enlutada, la que no descansa ni de noche ni de día, vino a por él un martes de 1995.  Mayo florido iba por su segundo día y se cantaban honores a Santa Flaminia y Santa Viborada.  Sus espaldas ya iban abrumadas por el peso de 87 primaveras.  Él fue todo un artista en lo tocante a la curandería de huesos.  No llegó a la categoría de los “zajurílih”, esas especies de santeros y santones, aparte de curanderos, que recorrían las pedregosas y ensortijadas trochas de Las Hurdes y cuyo poder de videntes jamás fue discutido.  Y un “zajuril” sería el que, sentado frente a frente con nuestro poeta, aquel que sigue sin poder escabullirse de las brumas de diciembre, le miró fijamente a sus ojos de color café con leche (¡ay si hablara el café que no pudo tomar con su amadísima musa!) y le auguró que por sus venas correría el “mal azul”.  El críptico mutismo de su musa, que no cogió el guante oceánico que el poeta le lanzó, esfumándose la isla de Hydra en aguas del Egeo, le instaron a una dolorosa despedida.  Pero llegado fue el tiempo del estío y hora es de dejar al vate con sus versos cargados de misterio:

NAUFRAGIO

Tan grandes como dos añiles faros

me abriste unos ojos que mataban.

Por lo hermosos, con fuerza asesinaban.

Sabía que los vendías pero muy caros.

 

Le puse  a lo barato mil reparos.

Bagatelas jamás me enamoraban,

ni los panes mascados me molaban

ni nadie  me hizo entrar por prietos aros.

 

Amaba a quien amaba libre vida

y libertad defendía a dentelladas.

Fue un “zajuril”, al modo de un druida,

 

quien me auguró, por tierras bienamadas,

dura travesía en barca malherida

y mi naufragio entre aguas encrespadas.

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