Mi madre, que para nada era rencorosa, nos refería entre escandalizada y confusa este
modo de proceder, propio, sin duda, de una personalidad complicada. Y yo también así lo
creí en su momento, aunque hoy viendo cómo han evolucionado las cosas y el deseo,
más o menos implícito, de la gente de hacer daño, quien sabe si no es una buena idea
guardar en un tarro las equivocaciones de uno y de los otros. Y contrastar.

Observo que algunas personas tienen la habilidad de saber convertir sus defectos en
virtudes. O al menos de hacerlo ver así. Es una característica que les permite no
“arrugarse” sobre su propia imagen y poder continuar con la propia vida. La teoría de
poder transformar los defectos en fortalezas tiene muchos adeptos, sobre todo en un
tiempo como éste, tiempo de la comunicación donde un envoltorio parece valer más que
el propio contenido. Me lo dijo un político de amplia trayectoria: “cuando doy una rueda de
prensa siempre me encuentro en el dilema de utilizar el sensacionalismo o no, pues lo
primero garantiza la información y lo segundo no tanto”. Oído al dato.

Pensaba yo en todo lo anterior, días pasados, al leer la entrevista que un medio nacional
hacía a varios portavoces del gobierno, de diferentes signo político y diferentes etapas. La
necesidad de ser oídos de verdad les hizo ser cautos en ocasiones y les aconsejó no
serlo otras, claro.

Mi experiencia al respecto es diáfana: debí invertir más tiempo en la propia promoción de
los asuntos, porque el público no se esfuerza (quizá no tenga que hacerlo, no lo sé) por
conocer la verdadera causa de las cosas y lo que cuestan. Le interesa mucho más la
apariencia, siempre que sea fácil de digerir y merezca su atención. Lo cual implica una
forma de ver la vida un tanto displicente. Bajo el mismo prisma que acuñó la frase famosa:
“el señor no firma porque es noble” escrita en los viejos documentos, defensora de que a
los nobles no les hace falta saber leer ni escribir, cuestiones baladíes para gentes de alta
cuna y origen.

El otro día un político que lo fue, o que nunca dejará de serlo, lanzaba unos mensajes
muy concretos sobre personas y cosas de su pasado. Como por ejemplo, el de que uno
puede subirse y bajarse del “carro” según le cuadre a sus intereses (ahora soy
responsable, ahora no, ahora soy del gobierno, ahora he dejado de serlo, hoy reivindico
algo (que a la postre ha resultado interesante) como mío, cosa que durante tanto tiempo
no he reivindicado ni defendido…Todo así). ¡Pequeño narciso asomado a un lago, para
que alguien lo mire, aunque solo sea él mismo!

Pero, ¡cuidado joven! La inteligencia se empobrece cuando va de la mano con la
egolatría. Ya te digo.

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