CON CRITERIO
La verdad, la atención a las familias y las responsabilidades deben estar por encima del relato político tras la tragedia ferroviaria de Urda.
Por Paco de Borja
Hay tragedias que duran unos segundos y vergüenzas que pueden durar años. El accidente ferroviario de Urda pertenece ya, desgraciadamente, a las primeras. Lo segundo dependerá de cómo se comporte este país después de contar los muertos, retirar los vagones, colocar las coronas de flores y terminar los minutos de silencio. Porque ahora viene lo verdaderamente difícil: la verdad.
Sesenta y nueve personas han muerto. A fecha de este lunes, 2 de noviembre, 66 habían sido identificadas y sesenta familias habían recibido ya la comunicación oficial. Detrás de cada cifra hay una vida interrumpida y detrás de cada muerto, varias vidas que ya nunca volverán a ser las mismas.
Y eso parece olvidarse demasiado deprisa cuando aparecen los micrófonos, las comparecencias, las ruedas de prensa y, sobre todo, esa enfermedad tan española de convertir hasta el dolor en munición política.
A mí, sinceramente, me importa bastante poco ahora quién consigue colocar mejor su relato. Me importan las víctimas. Me importan sus padres, sus hijos, sus hermanos, sus parejas. Me importa quien espera una llamada que nunca debió tener que esperar. Me importa quien ha pasado horas sin saber dónde estaba el cuerpo de la persona a la que quería.
Y me indigna especialmente que, en medio de semejante sufrimiento, una jueza haya tenido que reclamar que se dispusieran los medios suficientes para que las tareas de búsqueda y retirada pudieran realizarse sin interrupciones, después de que la falta de personal obligara a paralizar temporalmente determinados trabajos nocturnos.
¿En una tragedia de esta dimensión tiene que ser una jueza la que recuerde que hay familias esperando?
No quiero demagogia. Quiero respuestas. Quiero saber qué ocurrió. Quiero saber qué falló. Quiero saber qué se sabía antes del accidente, qué protocolos funcionaron, cuáles no funcionaron, qué decisiones se tomaron y quién las tomó. Y, cuando todo eso se conozca, quiero responsabilidades. Las que sean. Técnicas, empresariales, administrativas o políticas. Pero responsabilidades de verdad, no cabezas ofrecidas precipitadamente para apagar durante cuarenta y ocho horas el incendio mediático. Porque tampoco quiero una cacería. Sería otra forma de faltar al respeto a los muertos.
La investigación debe determinar hasta dónde llegó el posible error humano y hasta dónde pudieron existir deficiencias del sistema. Hay preguntas abiertas sobre los sistemas de seguridad, la gestión de la incidencia y las decisiones adoptadas en los minutos anteriores al choque. Pues investiguémoslo. Hasta el final. Sin miedo y sin consignas.
Lo que no podemos hacer es acostumbrarnos a esa ceremonia política tan conocida: primero la conmoción, después las declaraciones solemnes, luego el cruce de acusaciones y finalmente el olvido. No. Esta vez no debería bastar.
El Gobierno ha anunciado ayudas para afectados y familiares. Bienvenidas sean. Pero convendría recordar algo elemental: el dinero indemniza; no acompaña. Y acompañar significa que una familia no tenga que peregrinar de teléfono en teléfono buscando información. Que alguien le explique claramente qué ocurre. Que tenga apoyo psicológico cuando lo necesite. Que disponga de asistencia jurídica. Que no descubra por televisión algo que la Administración debería haberle comunicado primero. Que no tenga que levantar la voz para hacerse visible.
La dignidad de un Estado también se mide ahí: en cómo trata a sus ciudadanos cuando ya no pueden defenderse solos.
Y después están las palabras. Las versiones. Las contradicciones. Las medias verdades. Incluso las posibles mentiras. Yo utilizaría esta última palabra con cuidado porque es demasiado grave para convertirla en un adjetivo de tertulia. Equivocarse no es mentir. Dar una información provisional que posteriormente cambia tampoco es necesariamente mentir. Mentir es conocer la verdad y ocultarla deliberadamente. Y si la investigación demuestra que alguien lo hizo, entonces no habrá disculpa política que pueda servir de parapeto. Ni de un ministro. Ni de un directivo. Ni de un técnico. Ni de nadie.
Cuando hay muertos de por medio, la propaganda resulta obscena. También lo sería aprovecharlos electoralmente.
Estamos a pocas semanas de unas elecciones generales y la tentación de convertir Urda en una gigantesca arma arrojadiza será enorme. Ya estamos viendo exigencias de dimisión, acusaciones cruzadas y una batalla abierta por determinar quién consigue fijar antes la responsabilidad política. Pero debería existir una frontera moral. Una. Aunque solo fuera una.
Primero las víctimas. Después investiguemos. Después depuremos responsabilidades. Después discutamos políticamente hasta quedarnos afónicos. Pero no utilicemos a un padre que acaba de perder a su hija como decorado para una rueda de prensa. No convirtamos a una viuda en argumento parlamentario. No transformemos sesenta y nueve ataúdes en sesenta y nueve votos imaginarios.
Hay un instante en el que la política debe saber retirarse unos metros y dejar paso a la humanidad. Y quizá sea eso lo que más me perturba de estos días: la sensación de que hemos construido una sociedad extraordinariamente rápida para fabricar relatos y demasiado lenta para abrazar a quien sufre.
Tenemos gabinetes de comunicación. Protocolos. Portavoces. Expertos. Comparecencias. Redes sociales. Directos televisivos. Pero detrás de toda esa maquinaria hay personas que esta noche volverán a entrar en una casa donde falta alguien.
Urda no es una encuesta. No un hashtag. No un ministro. No una oposición. Es…una silla vacía.
Y mientras quede una sola familia preguntándose qué sucedió, este país tiene una obligación que está por encima de cualquier Gobierno y cualquier partido: decir la verdad, reparar cuanto sea posible y no abandonar a nadie. Todo lo demás vendrá después. Porque gobernar también consiste en eso.
Y porque la democracia, si no sirve para proteger a las personas cuando más vulnerables son, termina convirtiéndose en un escenario magníficamente iluminado donde alguien habla mientras, al fondo, nadie escucha a quien llora.
Primero las víctimas. Después, absolutamente todo lo demás.
Pie de foto: Familiares se abrazan en Urda tras ser atendidos por los servicios médicos. Foto: RTVE / Àlex Cabrera.






