En todo este tiempo la intervención del Estado era excepcional. Solo se hizo patente prohibiendo el trabajo de los menores de 10 años de edad  y  con la ley   que no permitía  realizar  trabajos insalubres o peligrosos, como torero, domador de fieras, buzo a los que no hubieran cumplido 15 años.

Durante los primeros años del siglo XX se inician en Europa las primeras normas de protección laboral y social. En 1900 en España se aprobó la Ley de Accidentes de trabajo, con posterioridad el descanso dominical, la jornada de ocho horas  y la conocida vulgarmente como la Ley de la Silla que se promulgó en el año 1912 .Esta norma obligaba al empresario a facilitar una silla a las trabajadoras en los establecimientos no fabriles. Su finalidad era  otorgar protección a las mujeres  por la incidencia de la postura corporal en la descendencia, ligada, por tanto, al embarazo. Los médicos de la época habían llamado la atención sobre la cantidad de abortos distróficos advertidos en las trabajadoras que pasaban varias horas de pie para realizar su actividad, lo que producía además, deformidades en los pies y en la pelvis.

Algunos tratadistas se opusieron a esta ley considerando que la norma era  paternalista y  discriminatoria, solo se aplicaba a las mujeres. Ante el clamor, se dictó en 1918 un Real Decreto extendiendo el beneficio a los varones que  gozaron de la misma protección desde esa fecha.

Como es bien conocido,  hasta mediados del pasado siglo no existía  la igualdad de sexos. Es más, la mujer  no podía gestionar ni siquiera su propio patrimonio, no alcanzaba la mayoría de edad hasta los veinticinco años, necesitaba permiso del padre o marido para firmar un contrato y no tenía la posibilidad de abrir una cuenta corriente, tampoco aceptar o renunciar a su herencia.

La Ley que se llamó  Ley de la Silla supuso un gran avance  y hay que señalar que aunque no ha sido derogada  apenas se aplica, como podemos ver fácilmente. Son muchas las cajeras y dependientas, empleadas de farmacia y peluquerías que permanecen de pie durante toda la jornada aunque  sea innecesario. No parece que un cliente pueda quejarse de desatención si acude a un establecimiento y advierte que la trabajadora está sentada. Se levanta cuando tiene que realizar su trabajo, naturalmente, pero es obligado disponer de un asiento para las horas en las que  no hay actividad. Afortunadamente  algunos grandes almacenes aplican con rigor la normativa  sobre todo en las áreas dedicadas a la venta  de comestibles. Muchas  cajeras de los supermercados controlan el pago de los productos, en sus asientos. De esta forma se evitan enfermedades circulatorias tanto en jóvenes como en  mayores. Y en cuanto a las trabajadoras embarazadas alivia dolores y produce menos  trastornos graves que perjudiquen el feto.

Las normas de higiene y seguridad en el trabajo tienen que ser muy estrictas y  aplicarse con el máximo rigor para conseguir el bienestar de los trabajadores. Realizar un trabajo no tiene que ser una tortura, ni ocasionar enfermedades fácilmente  evitables.

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