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Una sopa caliente para julio

Una sopa caliente para julio

A menudo he observado grandes dosis de pragmatismo en hombres y mujeres
aparentemente utópicos e idealistas. No hablo de falsedad o hipocresía en sus actos, sino
de una aplicación directa de la inteligencia común en situaciones diarias con marcos
perfectamente diseñados entre los qué hay que moverse.

Ese pragmatismo suele salvar etapas vitales y demuestra hasta que punto entender las
reglas de juego en unos determinados contextos resulta fundamental para sortear, lo
mejor posible, los inconvenientes. Algo así como cuando, en un órgano universitario de
gobierno, el sector opositor (siempre hay un sector opositor) critica en voz alta propósitos
o actos realizados por el equipo dirigente, pero no desean romper puentes, y al terminar la
reunión se acercan a la mesa presidencial para disculpar (privadamente) su acritud hacia
quien manda y pedirle disculpas pues solo dicen actuar conforme a un papel, previamente
configurado, que no tiene nada que ver con su amistad personal e intachable. O como en
aquella anécdota de cuando preguntaron a alguien, cuya forma de vida obedecía a las
más puras cláusulas burguesas, por qué alardeaba de votar al partido comunista y
respondió que era porque deseaba que todo el mundo viviese como él lo hacía.

El sentido pragmático de la vida ha salvado muchas veces al pueblo llano, que casi
siempre es más Sancho Panza que Quijote. El pragmatismo es esa especie de sopa
caliente, -que siempre alguien hace en los funerales de seres queridos- bajando hasta el
estómago y reconfortando, en momentos de amargura o de mucho dolor. Que calma, al
menos momentáneamente, la debilidad anímica que se arrima a las tripas y al cerebro, y
deja al ser humano cual papel que arde y se deshace.

Una de las definiciones del pragmatismo es la tendencia a conceder primacía al valor
práctico de las cosas sobre cualquier otro valor. Hoy pienso que al pueblo llano lo salva,
sobre todo, su pragmatismo y no otras cualidades cantadas por los poetas, porque solo
desde él pueden observarse determinadas situaciones de la vida sin desfallecer. El
pragmatismo viene en auxilio de los infelices y pobres, que son la mayoría. Es el que
aconseja no irse a la cama sin cenar, por ejemplo, por aquello de “que las penas con pan
son menos”. No enfadarse con alguien más fuerte, no separarse de los lugares comunes
de opinión, no sobresalir ni por arriba ni por abajo en ningún ranking de puntos, no creer
demasiado en los políticos…no hipotecarse demasiado con las consignas, ni con los
bancos. Dejar marchar…

Navega en toda la escala de grises, acepta incompetencias, y que le fallen sus
gobernantes. No cree en las grandes instituciones ni en sus discursos. Ni en optimistas ni
en los catastróficos. Cuenta Pérez Reverte en su novela “Un día de cólera “ que el hecho
histórico de la sublevación del pueblo de Madrid el 2 de mayo de1808 no correspondió a
ninguna estrategia previamente diseñada por unos pocos e importantes líderes, sino más
bien fueron arranques particulares y prácticos de distintos grupos de hombres y mujeres
desconocidos en su mayoría, quienes al compás de sus propias circunstancias, más tarde
unidos darían comienzo a la liberación de España del yugo francés. Por eso, no hay que
despreciar los pequeños toques de atención, casi inaudibles aún, que se vislumbran en
diferentes sitios. Porque las soluciones no vendrán de quienes no tienen los problemas,
sino de quienes los sufren. Esos ayuntamientos no modernizados, esas estructuras
mastodónticas, esas normas arcaicas, esos caciquismos, ese no querer innovar….tanta
tela….uffff.

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