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Y me relataba que “el mehmu día que se partía el lejíu pa sorteal lah suértih pa la trilla, el mehmu día de San Juan de juniu, oímuh esa nochi que había habíu no sé cuántuh múertuh en un choqui de trénih”.  Eufrasia, sin lugar a dudas, se refería a la catástrofe ferroviaria ocurrida el día 24 de junio de 1936, en el túnel de “Las Fragas”, entre las estaciones de Ponferrada y San Miguel de las Dueñas”.  Aquella noche también estaba en el grupo la paisana Teresa Montero Montero, la cual, según Eufrasia, auguró serias tragedias para los días venideros: “Ti Teresa, era la madri de Ti Adrianu, de Ti Valeriu, de Ti Eulalia y de Ti Marcelina: esu pol un cohtau, que, al queal viuda, se casó con un criau que tenía, de la genti de “Loh Galópuh”, y tuvu a Ti Antolín, a Ti Cecilia y a Ti Lucrecia.  Poh Ti Teresa, al ehcuchal lo de loh trénih, se jincó de rodíllah y diju: “¡Ay Ehpaña, que mal fin vah a tenel ehti veranu, que na,máh veu sangri, glárimah y lutu!  Yo, pol suerti, no lo veré”.

LA TORMENTA

A los pocos días, nada más principiar el mes de julio, murió Ti Teresa.  Una hemorragia cerebral se la llevó de calle.  Ocho días después, caía asesinado en Madrid por los disparos de unos carlistas del Tercio del Requeté, el teniente de la Guardia de Asalto y muy significado por sus ideas de izquierda, José del Castillo Sáenz de Tejada.  Al siguiente día, 13 de julio, las balas segaban la vida de José Calvo Sotelo, destacada cabeza visible del partido ultraderechista, monárquico, antijudaico y maurrasiano, Renovación Española.  La autoría corrió por cuenta de militantes y gente muy cercana al PSOE.  Quedaban cinco días para que estallase la guerra civil.  Se incubaba la tormenta.

Eufrasia había llegado a este valle de lágrimas un jueves, siendo el 13 de marzo de 1913.  La Iglesia Católica conmemoraba, aparte de la santa que llevaba su nombre, a Santa Ninfodora y a Santa Teuseta.  Hija de Ti Pedro Barroso Montero y de Ti Lucía Alfonso Floriano.  Era una de las primas hermanas mayores de mi padre, Justiniano Barroso Cabezalí, y fue su rolla cuando él era un infante.  Aquel estío del 36 vivió completamente sobresaltada.  Recordaba perfectamente el fatídico 18 de julio.  Tocaron por la mañana las campanas de la iglesia a niño muerto.  “Esi mehmu día murió un niño de teta, de Ti Maximilianu “Pelicán” y de Ti Telehfora.  Moh íbamuh a il al pueblu de Aceituna la mi hermana Máxima y yo, que eran lah fiéhtah de Santa Marina y teníamuh allí mucha genti conocía, peru empezarun a dal vócih en el pueblu de que venía la guerra de caminu y que venían múchuh móruh que degollaban a tóh loh que habían votau al Frenti Populal, y antóncih ya no fuímuh de fiehta.  ¡Menú mieu teníamuh nusótrah a  loh móruh!”

¡Ay los moros, los moros…!  Su sangre se mezcló con la nuestra a lo largo de 800 años.  Es una verdad histórica incontestable.  Pero no descansamos hasta echarlos allende los mares.  Y luego a los moriscos.  Masacrados a miles.  En aquellos años en que la Europa latina y cristiana (1095-1291) lanzaba ocho aguerridas cruzadas y media contra los musulmanes, con la bendición papal incluida, nosotros emprendíamos nuestra peculiar cruzada contra los mismos “infieles” dentro de nuestra rugosa piel de toro.  Los cruzados hablaban de recuperar Tierra Santa para los peregrinos y de expandir la verdadera fe de la Católica Iglesia de Roma. Pero bajo esa capa excusatoria, se escondían los intereses expansionistas de la nobleza feudal, el control del comercio con Asia y el afán hegemónico del papado sobre las monarquías y las  iglesias de Oriente.  Matanzas terribles por un lado y por el otro.  Quizás más por parte de los “piadosos” cristianos.  Cuando el francés Godofredo de Bouillon toma Jerusalén en 1099, exterminó a todos los musulmanes y judíos de la ciudad, incluidos mujeres y niños.  Unas 70.000 personas.  Terrorismo y genocidio.  En 1187, el caudillo y Gran Sultán Al-Nasir Salah ad-Dïn Yusuf, más conocido por Saladino, escala por los muros de la Ciudad Santa y logra reconquistarla.  Fue benigno y misericordioso con sus habitantes, exigiéndoles solamente un pago en besantes (moneda bizantina de oro o plata).   Cuando el carismático y temperamental Ricardo I de Inglaterra, más conocido por Ricardo Corazón de León, surge en la escena con motivo de la III Cruzada, Saladino es muy consciente que tiene ante él al mismo diablo, de largas piernas, fuerte como un toro y de larga caballera pelirroja.  La crueldad y violencia del inglés se había manifestado con creces.  Había mandado pasar a cuchillo, quemar las casas y expropiar todos los bienes de los judíos de Londres y otras grandes ciudades de su reino.  Estando enfermo de escorbuto, se hacía pasear en camilla, entreteniéndose en abatir con la  ballesta a los prisioneros que le colocaban en lo alto de las  murallas.  Y cuando tomó el bastión de Acre a los agarenos, el hacha del verdugo se melló de tantos miles de cabeza que rodaron por el patíbulo.  Saladino, el que pretendía “lavar de basura la tierra de los creyentes”, no las tuvo todas consigo por primera vez; pero, inesperadamente, Ricardo levantó el cerco de Jerusalén y se largó.  Había quedado en tablas el terremoto terrorista de piel blanca frente al de atezada piel.

EL POETA

Aunque ya haremos mayor hincapié en la segunda parte de esta  columna sobre nuestra radical condena a todo tipo de terrorismo, venga de donde venga, y, por ello, reprobamos y abominamos los criminales  hechos acaecidos en Barcelona y en Cambrils recientemente; ahora, como de costumbre, os tenemos que dejar con nuestro poeta.  Enmarañado en esa madeja tejida por la niebla más espesa y jamás conocida de un diciembre que no tiene fin, aparca por el momento los augurios de aquel “zajuril” (visionario, santón, curandero, transmisor del saber  antiguo y druida), el que le habló del “mal azul” allá por las montañas  de Las Hurdes, y nos desgrana otro soneto.  Sus versos se lamentan de haberle confesado a su musa que ya había agotado el último cartucho y que iba a cerrar la cremallera  de sus sentimientos.  ¡Pero cuánta diferencia hay entre el dicho y el hecho!  Nunca  viene mal un toque romántico a las líneas de una columna que  la mayor parte de las veces adopta terrible seriedad ante la  radiografía a la que somete el mundo y, más concretamente, a este país pilotado por gente que anda medio entrampada por la  “Caja B” (no la KGB, que, en humor negro, sería un delito menor).  Algunos comentaristas y articulistas han hablado, refiriéndose al PP, de “terrorismo financiero” (otra modalidad, propia de los que aterrorizan con sus cuellos blancos, sus corbatas y sus gemelos de dorado oro).  Por algo, el juez José de la Mata Amaya ha sentado en el banquillo al Partido Popular, sin que se escapara su máximo líder: el barbado gallego Mariano Rajoy Brey, el que un día, en un arrebato de sinceridad, replicó a Pedro Sánchez Pérez-Castejón, el que resucitó de entre los muertos pero cuya esperada vitalidad izquierdista cojea por muchas partes, con la  siguiente parrafada: “Lo que nosotros hemos hecho, cosa que no hizo usted, es engañar a la gente” (debate de investidura, marzo 2016). “Yerba mala nunca mueri”, acostumbraba a decir Ti Eufrasia cuando se refería a aquellos que las hacen y nos las pagan.  Pero  ya les llegará la hora.  El gran Miguel Hernández lo declamó con ahínco y bríos  proletarios en “Vientos del Pueblo”:

…Yugos os quieren poner

gentes de la hierba mala,

yugos que habéis de dejar

rotos sobre sus espaldas (…)

 

Pero dejémonos ya de perífrasis y circunloquios y demos alas a nuestro poeta.  Que ya hablaremos de esos pilotos a propio intento desnortados, los que han blindado la economía de mercado y han levantado todo un becerro de oro, donde los únicos valores, si es que se pueden catalogar así, son el éxito y el dinero.  La marginalidad y el desarraigo de tantos jóvenes que vienen de países  donde la pobreza no es un estigma social genera, en el “paraíso” de Occidente, frustración, odio y rencor.  Carne de cañón (igual que tantos soldaditos de a pie  del Primer Mundo) para inmolarse en aras de filosofías predicadas por teólogos wahabistas o estrategas otanistas.

Nuestro poeta  nos está esperando.  Llegado es el momento de abrirle las puertas:

 

¡Fuerzas para cerrar mi cremallera!

Las pido a voces.  Nadie me contesta.

¡Qué duro es ascender por esa cuesta!

Mi yo daría porque alguien me oyera.

 

No es  fácil ni por dentro ni por fuera

mantener la cremallera enhiesta.

Precio a convenir. ¿Alguien se presta?

Imposible.  Salvajes como fiera

 

se han vuelto sentimientos míos, que me atan,

me angustian, me  esclavizan y me ahogan.

Aún más  en estos días, que me  matan.

 

Cumpleaños tuyo y mío a solas  bogan.

Agosto y mis sentires se desatan.

Vana lid.  Tus azules  me desfogan.

(Continuará)


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